Durante los últimos años, WhatsApp dejó de ser una aplicación de mensajería instantánea y se convirtió en un espacio para compartir información, opinión y contenidos políticos.
En ese contexto, el académico de la Escuela de Periodismo de la Facultad de Comunicación y Letras, Marcelo Santos, desarrolló un proyecto de investigación para analizar este complejo escenario: “Conectados y (des)informados: uso de WhatsApp y participación política en procesos políticos relevantes en Chile (2023-2025)”. Financiado por un Fondecyt de Iniciación, el estudio busca examinar cómo se informan las personas, qué tipo de mensajes circulan y cuál es el impacto de este fenómeno.
“En países como India y Brasil (este último mi país de nacimiento), se ha detectado una importante instrumentalización política fundamentalmente negativa, es decir, para desinformar, difundir discursos de odio, deslegitimar el proceso electoral, entre otras”, comentó el académico, Doctor y Magíster en Ciencias de la Comunicación por la Pontificia Universidad Católica de Chile.
“Por lo tanto, me pareció que era importante observar cómo estaba la temperatura en estos canales tan difíciles de estudiar”, dijo.
Para el desarrollo de esta investigación, ¿qué metodología empleó?
Varios métodos distintos, incluyendo algunas innovaciones propias. Fundamentalmente, lo que se hizo fueron dos encuestas de opinión para identificar exposición y creencia en desinformación. Hubo dos aspectos innovadores: en primer lugar, medimos los hábitos de consumo de WhatsApp de forma más detallada. En segundo lugar, los contenidos falsos o de teorías de conspiración fueron identificados a partir de una recolección de mensajes anonimizadas de grupos públicos de WhatsApp que discuten política. Habitualmente, las investigaciones de esta índole usan como estímulo contenidos falsos que fueron verificados por fact-checkers, como Fast-Check CL o Mala Espina, pero quise averiguar qué pasa con estos contenidos subterráneos que posiblemente nunca llegan a ser públicamente discutidos o escrutados.
A diferencia de otras redes sociales, ¿por qué WhatsApp es un espacio relevante para comprender los fenómenos de desinformación?
Justamente por lo anterior: es un espacio opaco, silencioso, no público, menos sujeto a la verificación, sea por pares (amigos, familia), sea por profesionales como periodistas. Los desafíos de investigar en esta plataforma hacen que sea menos estudiada, pero esto no es proporcional a su importancia como plataforma de comunicación interpersonal, grupal e incluso de tipo Broadcasting hasta cierto punto, con potencial de viralización de contenidos en poco tiempo. Es también una plataforma sin escrutinio público, lo que hace que pueda ser fértil para la propagación de desinformación o teorías de conspiración sin el debate apropiado, además de otros contenidos de baja calidad, como videos de YouTube de canales individuales o temáticos sin respaldo institucional o profesional y contenidos de opinión.
En Chile, ¿qué características ha tenido el uso de WhatsApp en procesos de elección popular?
Lo que hemos observado es mucha circulación de contenido de baja calidad informativa, contenido de opinión y una cantidad importante de contenidos falsos o incomprobables (teorías de conspiración, por ejemplo). Estos regímenes informativos son asimétricos, de forma que los grupos alineados con la izquierda fueron menos expuestos a contenidos falsos o incomprobables, mientras grupos más hacia la derecha del espectro político estuvieron más expuestos. El tipo de contenido que más circula puede variar, pero suele ser de opinión y con fuentes pobres de información, algo que vimos con más frecuencia en grupos alineados a la extrema derecha.
Entre los resultados obtenidos hasta ahora, ¿cuáles considera que son los más relevantes?
Los contenidos que más circulan en estas redes son de opinión, lo que llamé de “opinocracia”. Si bien la opinión es parte de la sana conversación en una democracia, la dificultad de discernir qué es opinión puede ser un problema. Lo más dañino, sin embargo, es la predominancia, en general, de contenido de baja calidad, sea por ser falso como la desinformación, engañoso como las teorías de conspiración, u opiniones pasadas como hechos, contrastando con la poca información sobre política de fuentes profesionales. Todos estos rasgos son más evidentes en los grupos de extrema derecha que de cualquier otra orientación política explícita.
En términos de análisis de comportamiento, encontramos que, si bien la frecuencia de uso de WhatsApp no pareciera ser relevante para predecir creencia en desinformación, las personas que usan de forma activa WhatsApp, no solo leyendo, sino que también compartiendo contenidos y creando mensajes, son más vulnerables a los contenidos dañinos.
También testeamos un efecto psicológico grupal: el reforzamiento social de una falsa afirmación (como la compra de votos) en ambientes homogéneos como un grupo de WhatsApp en que todos piensan igual, aumenta la credibilidad de dicha afirmación, lo que muestra lo importante que es estudiar estos grupos.
En 2018, el uso de WhatsApp fue una de las herramientas principales de la campaña presidencial de Bolsonaro en Brasil, estrategia que generó altos niveles de desinformación producto de la difusión de noticias falsas. Ante este escenario de propaganda digital, ¿cómo se ven afectado los procesos democráticos?
En países como Brasil y en India, los sistemas de mensajería han sido instrumentalizados de forma innegable y con consecuencias importantes en los ciclos electorales y otros procesos sociales ligados a la vida política. Lo principal es la toma de decisiones en base a información falsa o engañosa. Al sembrar dudas, al inyectar falsedades en los ecosistemas informativos de forma subterránea a través de grupos de mensajería, no solo se intenta manipular la opinión pública de forma impune, generando mucha dificultad para encontrar los orígenes de dichos mensajes. En Brasil, el principal efecto fue la invasión a la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia, con actos de vandalismo caracterizados como una insurrección autoritaria en dirección hacia un golpe de Estado. En este caso, Telegram fue la plataforma más usada para articular el movimiento golpista. En Chile, hay pequeños grupos altamente radicalizados en Telegram, pero hasta el momento no se observa una capacidad de movilizar masa crítica.
Como académico de la Escuela de Periodismo, ¿cómo esta investigación es incorporada en sus clases y qué competencias fortalece en el estudiantado?
Estudio los ambientes en que se mueve y se informa el estudiantado actual. Les comparto herramientas teóricas y analíticas para comprenderlo mejor y verificar los contenidos, tener mayores grados de consciencia sobre sus hábitos y los ambientes sociotécnicos en que se mueven para poder apropiarse de ellos de forma significativa y ojalá incidente.
¿De qué manera esta investigación puede contribuir al diseño de iniciativas que permitan enfrentar la desinformación en Chile?
El horizonte de este campo de investigación suele materializarse en dos dimensiones: por un lado, la pedagógica, con alfabetización digital y mediática; concientización sobre el impacto de los algoritmos en nuestras dietas informativas y los sesgos que llevamos. Por otro lado, alimentar con evidencia empírica a la clase política para permitir el debate informado y el desarrollo de políticas públicas y legislación para regular estos ambientes digitales.